martes, 2 de junio de 2015

Capítulo Siete - El primer plan



            Josué se disparó con su su propia arma se dudó unos segundos antes de hacerlo viendo como los demás se alejaban, no sabían como se había descontrolado la cosa. Corrieron como diablos atravesando la ciudad temiendo morir ya que los zombis se echaban cada vez más deprisa a las calles. Braulio tenía miedo, la joven lo notó en sus ojos, sentía el terror de que iban a morir todos. Regresaron al edificio y Doc dijo que habían planeado mal todo desde un principio y Josué se había suicidado quizás por no haber aguantado la situación, se veía venir.
Braulio fue el último en acostarse con ella, afianzaba los dedos de los pies puestos en el suelo para alzarse y volvía atrás para coger impulso. Aunque se les había ido de la mano, ni siquiera se daban cuenta de que cada vez la trataban peor. Finalmente la habían dejado llena de moratones. Yerón no sabía cuanto aguantaría viendo semejante maltrato hacia la pobre Leila. Ella seguía aguantando estoicamente todo por lo que la hacían pasar, ya la habían tomado por la puta del grupo. Él les dijo a solas que se estaban comportando como auténticos cerdos con la pobre Leila, pero Braulio increpó diciendo que era lo que había, que el acuerdo era follársela a cambio de mantenerla a salvo.
Menta se fumó el cigarro inhalando con suavidad después de haber sido complacido con tantas ganas.
Leila tras limpiarse un poco preparó el desayuno. Yerón la miraba con cuidado, luego se encerró en el baño para masturbarse después de ver como se la follaban, pero aquello no le reconfortaba. Ni mirándose en el espejo se reconocía... Él no era un tío de permitir tales injusticias.
-¿Qué clase de persona fui? -pensó-. ¿Por qué no me asusto al ver a un zombi? Y lo peor de todo... ¿Por qué permito que hagan eso a Leila?

****
         Allí estaba Leila, cuando miró a Yerón le dedicó una tierna sonrisa, se sentó con el resto y observó como ella curaba el brazo de Braulio. Pensó el porqué ella seguía cuidándolos después de lo que le hacían cada puto día. Él no entendía si ella lo hacía porque les debía la vida o porque finalmente le gustaba dejarse follar por esos gilipollas.
-No entiendo porque me seguís si siempre me estáis llevando la contraria -Arguyó Doc-. La única que se merece que le salve la vida es a Leila, ella sí es la única que hace por nosotros, prepara la comida, se ocupa de la casa y nos complace.
-Es para lo único que sirve… -Yerón metió la pata al decir algo así.
-¿Cómo? -inquirió Braulio-. ¿Crees qué por ser mujer y limpiar, ser buena persona y dejarse follar es indispensable? Creo que es...
-Desde mí punto de vista el que sea mujer no tiene nada de malo… -interrumpió Doc-. Los dos conocimos a Heidi y siendo mujer mato a más zombis que incluso Josué. Así que todo depende –se encogió de hombros-. Pobre Heidi...
-¿Y donde están? -preguntó Yerón.
-Todos muertos -respondió Menta indignado.
-Menos nosotros cuatro -añadió Braulio.

Leila simuló no escuchar nada mientras preparaba los desayunos, como si obviase comentario respectivo de Braulio y el machismo de Yerón. Su mente sumisa funcionaba como un gran puzzle de recuerdos descolocados,  eran tantos recuerdos que le venían a la cabeza que pensaba que se iba a volver loca.
         Cuando ella terminó el almuerzo colocó los platos y vasos sobre la mesa y tras llamarles a comer, se sentaron en sus respectivos asientos. Cuando empezaron a comer la mirada de Yerón no dejaba de estudiar cada ápice de la piel desnuda de la joven.
-No veo otra solución –arguyó Braulio-. Somos cinco contra todos esos infectados y casi no tenemos munición para las armas. Tendremos que hacer una incursión en cualquier comisaría de la zona.
Continuaron debatiendo acerca de la durabilidad de la epidemia, de los contagiados y sobretodo de la vida de los zombis. ¿Para qué sobrevivir si no existía una cura?  Estaban indefensos en mitad de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, sin otras armas que palos, cuchillos catanas de exposición colgadas en la pared del salón.
Por la noche los putos cadáveres volvieron a rodear el edificio porque saben que hay carne fresca en el interior y sabían que en un mes habrán terminado la comida de todas las viviendas.

A Braulio le entró una gran rabia. Para deshacerse de ella golpeó la pared con el puño derecho con mucha fuerza y todos le observaron en silencio y se sentó a la mesa cuando Leila comenzó a servir los vasos de leche con cacao caliente y comenzó a pensar en un plan de supervivencia.
Entonces le vinieron las primeras grandes ideas como líder.
-Muy bien gente, lo primero de todo son las prioridades. Por supuesto lo primero de todo buscarnos armas. Segundo, hacernos con una zona segura donde poder refugiarnos. Tercero, limar asperezas dentro del grupo. Cuarto, buscar alimentos. Hay muchas otras cosas importantes, pero por ahora esto es lo que corre más prisa, porque si salimos ahí fuera de nuevo esos hijos de puta nos morderán, joderán y devorarán... Y por encima de todo no pienso dejar que me infecten ni a mí, ni a ninguno de ustedes ¿entendido?
-¡Por fin alguien piensa con la cabeza! -exclamó Doc.
-Sí, ahora se parece mucho más un líder -dijo Leila.
-Te me pareciste a Corsario -comentó Menta con la voz entrecortada.
Yerón salió del cuarto de baño.
-¿Qué te parece la idea?
-Por mí no hay problema -respondió.

****

Tras desayunar Yerón se recostó contra el apoya-brazos del sillón. Lo único que llevaba era ropa interior como el resto por el calor infernal que hacía. Sus piernas peludas eran fuertes como si fuera jugador de fútbol. Se sorprendió al ver esas cicatrices tan feas de los tobillos. Tampoco tenía recuerdos relacionados con eso. Después se levantó y miró en los cajones de la cocina.
-¿Qué buscas? -le preguntó Leila extrañada.
-Un machete.
-¿Y eso?
-Para cortarle el cogote a esos cabrones cuando llegue el momento.
Buscó lentamente, eligiendo el cuchillo más grande y que mejor se acomodara a su mano. Lo cogió.
-Prométeme algo…
-Dime… -dijo él acercando su rostro al de ella oliéndola de cerca.
-No dudes en hacerlo…
-Claro que no… -sonrió y ella le dio un beso en los labios.

Sostuvo el cuchillo más  grande que encontró en su mano derecha y caminó hacia el cuarto junto a Yerón, atravesó el pasillo cruzándose con Menta, Doc dormía en el dormitorio del centro, despatarrado y cubierto parcialmente con una sábana  y entró en el dormitorio de matrimonio donde se encontraban Leila y Braulio mirando por la ventana.
-¡Ahí, ahí! -señaló ella-. En esa ventana, acabo de ver a uno atravesando el cuarto. Puto zombi... no sé como pudieron revivir.
-¿Podremos salir del edificio sin que nos descuarticen en el intento? -preguntó Yerón.
-Creo que sí, pero necesitaremos coger algún coche -respondió Braulio mirando hacia el cuchillo.
-¿Por qué no lo hacemos al amanecer?
-No podemos tomárnoslo tan a la ligera, Yerón -respondió Leila casi cariñosamente.
-¿Es tan complicado hacerlo ya? -volvió a preguntar-. Haciéndolo o no, vamos a morir igual si son demasiados.
-No hay nada seguro, todos estamos en igualdad de condiciones en éste momento -dijo Braulio algo molesto.
-Corsario nos explicó que todo hay que hacerse usando la cabeza y no la fuerza bruta -comentó Leila.
-Pero ese Corsario también está muerto o convertido en una de esas cosas.
-Eso no lo sabemos... -dijo Braulio con ira en la mirada-. Posiblemente haya sobrevivido.
-Si fuera así, ¿dónde está?
-Posiblemente herido, no lo sabemos…
-Herido... –resopló Yerón-. Suerte que me he mantenido solo hasta que me encontré con ustedes. Todo era más fácil
-Por cierto, Yerón... ¿es verdad lo que dicen ellos de que eres bueno matando zombis?
-Sí, no sé...
-¿Dónde aprendiste?
-No lo sé. Será innato.
-De algún sitio tuvo que ser, ¿no crees colega? -inquirió Braulio.
-¿A caso yo les he preguntado donde aprendieron a cocinar o a hablar? –se incomodó.

Yerón se dio la media vuelta y salió del dormitorio. Braulio y ella se miraron:
-Hipócrita...
-Sí, no creo que esté muy bien de la cabeza -dijo ella conociendo los planes de este y se rió disimuladamente.
Se miraron a los ojos y se recostaron en la cama de matrimonio. Se dieron un beso en los labios con los ojos cerrados. Sintieron sus lenguas y sus cuerpos aproximándose el uno al otro. Posiblemente no sobrevivirían más de un mes, ella pensó volverlo a hacer no era algo que importase en esos momentos. Las manos de Leila por primera vez, le recorrieron la espalda hasta llegar a su trasero abultado que le hacían esos pantalones vaqueros.
-No sé como me vuelves tan loco -se sonrió y le sacó una sonrisa preciosa a ella.
Resultaba demasiado monótono mantener relaciones con la puerta abierta, era demasiado obvio y Braulio ya se encontraba encima. Ella gimió al sentirlo restregarse con un intento de hacerla penetrarla en seco.
Solía tener un carácter muy violento que había desatado con ella desde un hacía semanas, anteriormente siempre la había tratado bien. Ahora eso era otra historia, incluso los demás la trataban bien cuando la poseían. Leila siempre había sido una chica bastante segura de sí misma y había acatado todas las órdenes que le dieron desde un inicio, pero ahora se había vuelto demasiado sumisa y se había acostumbrado a sus malos tratos. Solo tuvo que deshacerse de las bragas para tenerla a tiro, en cambio él solo tuvo que bajarse la cremallera del pantalón para metérsela. Ya habían pasado más de hacerlo una vez al día y forzarla las veces que les daba la gana.  Esa clase de relación llegaba a confundirla por momentos. Ella le sintió duro y profundo, luego él le tapó la boca con la mano derecha para que no se quejase del dolor tan intenso que estaba sintiendo. El odio que realmente sentía él por ella era tan repulsivo que llegó al final de la cúspide sin un ápice de compasión, sin miedo a asfixiarla. Explotando dentro, tan adentro que incluso a Leila le dolió, se quejó gravemente apretando sus manos contra los robustos brazos de Braulio intentando detenerle; ese rostro de apuro al sentirlo dentro nunca se le olvidaría.
Fue tan asqueroso...


Nunca había sentido tanto dolor en la vida. No se le aliviaron los dolores vaginales y de útero cuando Doc se le quitó de encima y arremetió Menta metiéndose entre sus piernas mientras ella miraba al techo. Pensó que tantos pollazos la estaban desgarrando. Los zombis podían sobrevivir meses sin alimentarse. Pero eso no le quitaba el miedo a morir un día… desangrada. Puesto que cada vez era el sexo más continuado y le hacían más daño. Tampoco pudo evitar sentirse asquerosa y avergonzada cada vez que al terminar ellos querían observar como era expulsado el semen de su vagina, los chorros que caían por sus muslos. Después de esos momentos de vergüenza volvía a limpiarse llenándose de los recuerdos de ellos poseyéndola y marcándola con cardenales. Pero volvía a repetirse que ellos la mantenían con vida y la cuidaban. Eran como su familia. Había pensado en abalanzarse por la ventana de aquel quinto piso o dejar que todos aquellos zombis la devoraran. ¿Para que vivir de aquella manera? Pero era una chica fuerte: eso se lo había repetido miles de veces su padre.                                                    
Braulio se emborrachó junto a los demás: no quería mantener un bebé. Laura había hablado con Heidi acerca de los malditos embarazos, y ciertamente; no le había bajado a Leila el periodo durante todo éste tiempo. Incluso le recriminó el hecho de estar embarazada y traer al mundo un hijo en esas circunstancias. Leila se metió en la bañera a darse una especie de ducha con las toallitas húmedas y con la cortina pasada mientras Braulio orinaba en la vasija. Sin cortarse ni un pelo en quejarse del bebé que vendría en camino en unos meses, que si podía ser hijo de cualquiera, incluso de Josué. Aunque se vitorearon comentando que la había dejado preñada fallándola como conejos. Bromearon diciendo que podían matar a la criatura. Aquello a Leila le afectó mucho, pensó, que ella y el bebé jamás y nunca sufrirían algún daño. Protegería al pequeño con su propia vida ya que no tenía culpa de nada.



By José Damián Suárez Martínez

Capítulo Seis - Yerón



         Menta la besó y Leila se sorprendió.
-¿Qué haces?
         Él metió su mano en los pantalones de ella echándole la mano al coño y luego la saco para olérselas. Se escupió y volvió a realizar la misma acción pero esta vez masturbándola al mismo tiempo que él se lo hacía a sí mismo. Dijo que iba a follársela, ella se negó pero él fue muy brusco. Leila aguantó las lágrimas porque no quería mostrar debilidad y llorar. A pesar de que nunca un hombre la hubiera asaltado de aquella manera. Se retorció cuando había terminado y suspiró. Como si aquello hubiera sido magnífico y sonrió encantado.
         Los demás ya sabían lo que había sucedido, Leila salió del almacén sin mirar a ninguno. Cuando se sentó en una de las esquinas, Doc se sentó a su lado diciéndole que no tenía nada de malo, que ellos eran hombres y ella una mujer.
         Se dio cuenta de que Laura tuvo que hacerlo con todos ellos y hacer de tripas corazón. Eso nunca lo imaginó y le daba demasiado asco. No estaba preparada para ser usada por todos, pero tenían cierta razón en que ellos la estaban manteniendo con vida y eso era lo mínimo que podía hacer como agradecimiento.
         En ese almacén ya no podía quedar  ninguno por satisfacer. El que hubiera estado en contra de lo que a continuación iba a pasar hubiera muerto de un disparo en la frente. El primero en tomar la decisión fue Josué, que se agarró con fuerza a sus hombros y la penetró sin bajarse si quiera los pantalones. El niñato pajero, sollozando de angustioso placer. No tuvo opción, o accedía por las buenas o sería obligada. Una vez preguntó a su padre porque los hombres tenían esos bultos y le dijo: Que eso era para tener bebés y que se introducía con semillas dentro de las mujeres. Llegó al orgasmo con el rostro soplado, en ese momento Braulio le dio un cogotazo para que sediera el turno y apartándolo de un empujó se subió encima de ella. En ese momento todos estaban alrededor disfrutando de la escena tan pornográfica.
         Braulio se movía brusco y ella podía percibir su olor a orín. Él decía que solo ellos podrían compartirla y que todos la tratarían con respeto mientras se restregaba contra su cuerpo, ya que su cuerpo iba y venía, y no se detuvo. Penetrándola hasta el fondo como un caballo desbocado, ya que ella no podía detenerlo, porque pensaba que la matarían y ninguno haría nada por compadecerla. Hasta ese momento no había sentido repugnancia por ningún hombre y sus olores corporales.
Solo quedaba Doc, enrojecido por la emoción, que andaba sin camisa y afilando su machete esperando su turno. Estaba bastante excitado, su cuerpo ardía más que los otros acomodándose al suyo y tenía el pene más grande que los demás. Ella estaba sollozando entre quejidos y él dijo que no se pusiera a llorar con él.
-¡Disfrútalo, Leila!
         Él la disfrutó al máximo, durante más de veinte minutos interminables. Cuando se quitó de encima se puso la blusa, regresó a su rincón y continuó afilando su machete. Todos habían acabado exhaustos y totalmente relajados. Pero ella era la única que no se sentía a gusto con la situación, incluso se sentía sucia, mientras éste último relataba que los mejores polvos que había tenido eran con su esposa y de los hijos que tuvo. No sabía si ellos habían sobrevivido o habían muerto.
         Leila se mantuvo ausente, Braulio le advirtió nuevamente que si ellos hacían el trabajo sucio y la mantenían viva, ella debería ser condescendiente y hacerles pasar ratos agradables. Pero eso no le gustaba y se fue al otro cuarto. Josué vitoreado por los demás volvió a ella a por más. La joven no lo iba a permitir, aferró su mano derecha el machete que le había entregado Corsario antes de morir , lo guió hacia el cuello del pervertido y lo clavó con fuerza enterrándoselo hasta la garganta. Cayendo desangrado en el suelo. El resto de ellos gritaban alterados y nerviosos, apuntándola con las armas. Mientras Doc intentaba taponar la herida para que no se desangrada, pero fue casi imposible y Josué falleció entre sus brazos.

         Pasaron los días y las cosas se habían suavizado un poco, Leila andaba tras ellos mientras hacían una incursión al interior de un edificio de vivienda, tenían más respeto por ella después de lo sucedido con Josué. Mientras ella se las arreglaba para aguantar sus comentarios sexistas, armándose de paciencia cada vez que a uno de ellos le tocaba el turno de poseerla en cualquier posición, tocando hacerlo de pie en aquel pasillo mirando por las ventanas las azoteas de los edificios colindantes. Pensó llena de ira que un día ella tendría la fuerza para enfrentarse a ellos y matarlos, uno a uno. Al terminar con lo acordado ella regresó a la vivienda acordada, se lavó un poco con unas toallitas húmedas que habían encontrado y rompió a llorar.

* * *

Menta y Braulio inspeccionaron el interior del edificio, escalera abajo, peldaño a peldaño, pasillo a pasillo. Sigilosamente, sin un ápice de piedad hacia esos infectados que habían revivido para acabar con los vivos, con los supervivientes.
-Intentaremos abrir esta puerta -dijo Braulio aun dolorido del brazo.
Pero la puerta estaba abierta y justo detrás había un hombre que empujó a éste al suelo. Menta y Doc pensaron que era un zombi, pero no, era un superviviente... sano al igual que ellos.
-¿Estás infectados? -le preguntó Doc.
-No, sí estoy bien... -respondió el superviviente de unos veinticinco años.
-No tiene signos de estar infectado -afirmó Menta observándole detenidamente.
-Os lo estoy diciendo, no estoy infectado.
-¿No te han mordido, ni arañado? -increpó Braulio preocupado-, ¿Estás seguro?
-Que sí, tíos...
         Como era un superviviente y sano, le llevaron al piso que habían tomado como refugio. Ninguno dijo nada, lo mejor era alegrarse de haber encontrado a otros supervivientes y de ver caras nuevas.
         A el nuevo le encantó la idea de compartir piso con una chica tan bella, llegó el momento del pacto y se asombró al ver el acuerdo al que habían llegado con la pobre Leila. Se vitoreaban mientras la follaban y cuando le tocó el turno, el nuevo se negó rotundamente aunque en sus ojos y en su miembro endurecido se notaba lo contrario.
-Enserio, no seas bobo –dijo Menta.
-Te la puedes follar, se deja –le intentó animar Braulio.
-No. No paso, de verdad.

-¿Estás bien? -le preguntó el joven preocupado.
-Sí, claro…
-No sé como permites que te hagan eso…

         Durante los días siguientes ella observó que el nuevo sabía manejar armas y los machetes.
-¿Puedo preguntarte algo?
-Sí, claro. Pregunta, leila.
-¿Me enseñarías a usar un arma?
-¿Ellos no te han enseñado?
-Le clavé un machete en el cuello a Josué y desde eso no me dejan armas para defenderme…
-No hay problema –sonrió.
         Aprovechando que estaban solos le enseñó cosas básicas de defensa física.
-¿Cómo te llamas?
-Me llamo, Yerón…
         Les dijo que trabajó como guardia de seguridad en algunos recintos, les informó de lo que sabía sobre los militares y una comisaría donde los policías se habían atrincherado con muchas armas.
         Leila no solía entrometerse en las conversaciones que ellos mantenían. El nuevo les habló de cosas importantes que había aprendido en todo ese tiempo solo, pues tenía planes y ganas de ubicarse en algún lugar realmente seguro.
         Hasta ese momento ninguno del grupo tenía nada seguro. Hasta ese momento Leila no se había preocupado por nada, se dio cuenta que no le bajaba el periodo y pensó que estaba embarazada.
         Se puso a llorar, agarró el machete que Doc había dejado a un lado y se lo puso en el cuello. Nadie sabía lo que estaba sucediendo, pensaron que se había vuelto loca. Al final lograron tranquilizarla y contó lo que le preocupaba. Braulio dijo que eso era una gran putada. Ninguno podía poner pegas, todos se la habían follado, cualquiera podría ser el padre de la indefensa criatura que se gestaba en su vientre. Decidieron que había que cuidarla en su estado, que no podrían obligarla a hacer más sexo con ellos. Braulio afirmó con la mirada, no le gustaba la idea de mantener a un bebé porque sus lloros podrían llamar la atención de los infectados.
-¿Quién eres? -preguntó Menta intrigado intentando apartar la mente del problema del embarazo.
-Llevaba algún tiempo afincado en éste edificio, pero ustedes acabáis de sentenciarme a muerte -respondió indignado.
Doc buscó en sus bolsillos y sacó una cartera, rebuscó en el interior hasta encontrar un carnet de identidad:
-Yerón Méndez  Travieso -le presentó en voz alta-. Tiene veinticinco años, Español y de Tenerife.
-Chicharrero para el colmo... -arguyó Braulio bastante molesto con su presencia.
-¿Hay alguien más contigo? -interrogó Menta.
-No...
-¿Estás solo? -volvió a preguntar desconfiadamente.
-Sí...
-¿Estás seguro?
-¿Ves a alguien más?

Doc y Menta prosiguieron observando cada uno de los cuartos del piso. Ya ellos estaban bastante nerviosos con la noticia de la llegada de un puto bebé. Sin duda conversaron sobre todas las veces que se la habían follado, pero no pensaron en las consecuencias, en ningún momento se les pasó por la mente los preservativos, fueron pensando en miles de cosas que podrían haber hecho y empezaron a burlarse, diciendo como la habían llenado de semen por dentro y lo mucho que habían disfrutado y como se habían saciado con su joven y delicado cuerpo. En ese momento Menta lloró recordando a su hijo no nacido y en su novia embarazada, aquella imagen tan horrorosa de verla infectada y trasformada en un zombi.

De pronto un hombre salió de el interior de uno de los roperos con una furia desmesurada. Forcejearon, el individuo cayó al suelo de un disparo propinado en el entrecejo.
-¿Que estabas solo? -le preguntó Braulio indignado.
Al salir del cuarto se mantuvo observando a la joven, la conocía de algo, mantenía sus recuerdos en su cerebro, pero ¿quién era?
-Ese era mí compañero, se llamaba Víctor Santana... bueno lo que vi en el DNI que llevaba -respondió Yerón-. El tío estaba infectado y no me lo dijo. Le encontré en la zona de la clínica Roca, estaba en un quirófano cuando despertó.
-¿Cómo Leila? -inquirió Doc.
-¿Casualidades? -preguntó Braulio.
-Todavía recuerdo como tirábamos los restos de cadáveres en fosas comunes en el vertedero.
-¿Qué hacías en el vertedero?
-Trabajaba con un equipo de desinfección -explicó-. Al principio, en la primera oleada los muertos eran enterrados en fosas comunes, luego en el vertedero donde encontré a éste y luego tomaron la decisión de incinerar todos los cadáveres.
-Pues sabes más que nosotros que digamos -comentó Doc.
-Odio que me mareen con tanta pregunta, por lo menos soy bueno matando zombis.

****

-Yo cuando desperté no recordaba nada... -musitó ella-. Lo peor de todo esto es saber que solo quedamos unos cuantos con vida...
-¿Quién coño crearía el famoso virus de la muerte? -preguntó Yerón indirectamente.
-No sé si quiero descubrirlo -respondió Menta.

Todos se acomodaron por el piso y se acostaron a dormir porque sus cuerpos estaban cansados y necesitaban reponer fuerzas.

data-orig-src="http://www.photoshoplatino.com/imagenes/efectosfoto/5.jpg" v:shapes="_x0000_i1025">




By José Damián Suárez Martínez

Capítulo Cinco - El Comienzo del Caos

Capítulo Cinco - El Comienzo del Caos






Oían doblar las campanas de la Catedral de Santa Ana y a una multitud de cadáveres intentando atravesar los portones, cuando Braulio avistó algo caer desde el campanario.
-Era el cura, estoy seguro...

Cada uno de ellos había vivido circunstancias muy diferentes. Hablaban de sus experiencias con distintos resentimientos, pero sus recuerdos tenían muchísimos puntos en común. A Leila le impresionaba especialmente la frecuencia con la que ellos recordaban sus vivencias en términos sonoros: campanadas, disparos, la voz de Corsario cada vez que volvían cansados después de buscar más recursos. También le sorprendió la capacidad de resistencia del grupo. La entereza y fortaleza personal de cada uno de ellos.

La pandemia ocurrió en tres olas. La primera ola surgió cuando un brote de influenza leve se produjo a finales de Diciembre y Principios de Enero. La segunda ola comprendió un brote de influenza grave a finales de Enero y la última ola ocurrió en Febrero.
-Mi madre, mi padre y mis dos hermanas fueron mordidos. Fueron horas muy triste, había una especie de duelo cubriendo la ciudad de Las Palmas -rememoró Doc bajando la mirada mientras apretaba los puños de rabia contenida-. Cuando se miraban las calles, apenas se podía ver a alguien caminando por ellas. La gente se quedaba en sus casas porque tenían miedo...
-Hubo escasez de médicos y enfermeras durante Enero, porque la mayoría huyó... -rememoró Braulio cabizbajo-. Así que habíamos una mezcla de personal médico tanto cualificado como con alguna formación, y aquellos que básicamente eran personas con una gran conciencia cívica que querían participar en el cuidado de los enfermos... que pronto se nos echaron encima... ¡Malditos hijos de puta! Esas personas tan valientes arriesgaban sus vidas para ayudar y la mayoría fueron mordidos.
-En realidad la mayoría de las personas no consideraban que el virus de la muerte pudiera causar la muerte... -susurró Menta.

Leila lo había visto con sus propios ojos. Los pueblos, campos seguramente se habían convertido en inmensos cementerios como la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria...

****
"Los Barcos seguían en la costa, tampoco contenían señales de vida..."
         Salieron del coche y observaron la ciudad desde la avenida marítima y respiraron la brisa corrupta de los cuerpos putrefactos que decoraban frotando en el mar. Eran las cuatro y media de la tarde, y no hacía demasiado calor. Después de tantas veces nombrar a los militares observaron detenidamente a los barcos que seguían anclados a la cosa, tampoco contenían señales de vida… Los barcos abandonados se iban encallando en la costa. Menta sugirió que se quedaran en algún edificio de los alrededores durante un par de días. Él se encargaría de explorar y saquear los negocios cercanos, en busca de alimentos, sin embargo los demás no querían separarse y tenían miedo.
         Cuando Menta regresó con bolsas llenas de comida y ropa, le dijeron que estaban muy orgullosos de él. A la joven le llevó unos pantalones nuevos y unos támpax.
-Muchas gracias…
-No te preocupes, imaginé que te vendrían bien.
-Muchas gracias por el detalle…
Había empezado a llover sobre la Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria cuando leila preparó la cena con un mixto de comidas variadas enlatadas, y no había demasiados zombis en las calles cuando todos se sentaron en círculo a almorzar. En muy pocas horas el sol se ocultaría y debían encontrar un lugar seguro para pasar la noche. Menta observó a la joven con templanza, hasta que ella se dio cuenta de que la miraba. Entre ellos, miradas de apoyo incondicional, sin hablar de los muertos: Corsario, Leila y Laura y muchos antes que ellos.

         Salieron por la tarde noche, caminaron una hora sin pausa, entre coches accidentados y cadáveres. Leila parecía agotada, pero tenía fuerzas para continuar andando. Tomaron un atajo y llegaron a una pequeña tienda de comestibles sin mucho problema. Una vez allí empezaron a buscar entre los estantes. Ella se sentó a un lado a descansar, pero con los ojos bien puestos y vigilando el perímetro por si veía algo moverse.
         Habló con Menta sobre su familia, sus amigos del instituto y sus profesores. Él le contó que antes de toda esa locura fue un abogado muy prestigioso en Las Islas Canarias. Él le confesó que al principio no imaginaba que podría sobrevivir a un holocausto zombi, pero le sorprendía continuar con vida y aguantar tantas penurias.
         El año anterior había tenido una novia y habían roto por celos y alguna infidelidad. Meses antes de toda esa locura había decidido volver con ella porque la había dejado embarazada.
-Contarlo me hace sentir mal…
-No tienes que contármelo –aseguró Leila.
         Pero él quiso contárselo, necesitaba sacarlo fuera y liberarse de la culpa, pero que no se lo dijera a nadie… Dijo que cuando fue a buscarla estaba infectada y ya era un zombi, embarazada de siete meses…
         Ella le dio un abrazo comprensivo y le dijo que si era obra de Dios, era un maldito hijo de puta por hacerles eso a su novia y a su hijo… No entendía quien coño había hecho algo así…

Leila acompañada por los tres, no se sentía tan desprotegida. La miraban continuamente, sin perderla de vista. Braulio se entretuvo en la entrada cogiendo todos los paquetes de cigarros rubios que encontraba. Menta y la joven entraron en el almacén. La mando a guardar silencio cuando escuchó un gemido extraño. Él aferró sus dedos al machete, mientras ella observaba cualquier movimiento extraño. Olía a podrido, a cada paso que daba ese olor nauseabundo se le metía por las fosas nasales como si fuera amoniaco puro. Pronto lo vio y se apartó ligeramente. Un infectado, seguramente el dueño de la tienda. Estaba atado con cadenas a la pared, descompuesto, esquelético y sin poder moverse si no era el cuello. Menta empuñó el machete y se lo clavó por la sien con una fuerza de rabia imponente. Leila vislumbró su acción y salió del almacén dando pasos hacia detrás atravesando el umbral de la puerta. Doc se percató de su mirada aterradora y se acercó hacia su posición empuñando una navaja multiusos por si las moscas. Pero Menta ya salía del almacén con varias botellas de Ron. La sonrisa le llegó de oreja a oreja.
-¡Rápido! -advirtió Braulio-. ¡Se acercan infectados!

Los tres salieron de la tienda cargando con bolsas. Braulio que había asumido el mando del reducido grupo avisó de la posición de los infectados con movimientos de sus manos y dando ordenes con el walkie talkie. Avisó del siguiente movimiento y avanzaron por el atajo lo más rápido posible, pero desgraciadamente, la calle que comunicaba con el edificio que habían tomado como fuerte, estaba rodeado por zombis y se vieron involucrados en un caos incesante. Pronto se les echaron casi encima, solo pudieron correr para salvar sus vidas puesto que no tenían armas de fuego con las que enfrentarse a ellos.

En una de las ocasiones la joven vio como Doc tenía la hoja de su navaja clavada en el cráneo de un zombi y éste mantenía sus intensiones de comer carne desesperadamente. Por suerte a ella se los quitaban de encima, aunque Braulio resultara herido al tropezar con el muro de un paterre cuando intentaba deshacerse de varios cadáveres andantes. La lucha se extendió unos veinte minutos hasta que todos lograron reagruparse en el interior del portal de un edificio de viviendas de la zona de Vegueta y a duras penas lograron cerrar y bloquear las puertas de hierro. Respiraron aun bastante cansados, sus corazones eran bombas de relojería y el agotamiento pudo con Doc que se desmayó. Nunca le había pasado, pero esos días no había descansado suficiente.



By José Damián Suárez Martínez

Capítulo Cuatro - El peor presagio se confirmaba





Corsario no terminaba de entender a Leila. Ella era una chica asustadiza que en los momentos más extremos se volvía una superviviente innata. Cada mañana un una de las farmacias de las cercanías del refugio le hacía la cura de los puntos con mucha delicadeza. Escucharon disparos, él la hizo poner a cubierto empujándola y abrazándola.
-¡Mierda!
         Empuñó el arma con contundencia pensando rápidamente, porque si eran los tíos con los que se habían topado la otra vez eran peligrosos y no escatimaban en balas a la hora de disparar.
-¿Qué pasa?
-No lo sé, de aquí no puedo ver si son los hijos de puta que nos atacaron la ultima vez…
-¿Qué hacemos?
-Permanecer ocultos, subir a la azotea y vigilar el perímetro.
-¿Lo escuchaste? –preguntó Menta desde el otro lado de la radio.
-¿Son los de otra vez?
-Sí, sí –dijo Heidi desde otro walkie talkie.
-¿Estás segura?
-¡Que sí, joder! ¡Son ellos, los estoy viendo ahora mismo desde la emisora de radio!
-¿A cuantos metros se encuentran de nuestra zona?
-A veinte metros, más o menos –advirtió Heidi.
-Eres una puta cabrona, que no sabe avisar… -le dijo Corsario.
-No los vi llegar, Corsario…
-Tranquila, iremos a la azotea y esperaré con Leila a que se marchen.
         Subieron las escaleras  hasta la puerta exterior que daba a la azotea.
-Vale, bien… ahora tendremos que esperar.
         Se escuchó un ruido y Corsario apuntó hacia la escalera.
-¡Muévete y te pego un disparo en la frente!
-Soy yo, Corsa… -dijo Josué saliendo al exterior.
-¿Pero que coño haces aquí? Casi te meto un tiro… ¡Me cago en mi putísima madre, joder! ¿Por qué no te quedaste con los demás? Deje bien claro que esta zona es para hacer curas y no venir con exploradores.
-Vale… vale… Es que escuché los disparos y vine corriendo por si necesitaban apoyo.
-¿Pero es que no vas a acatar las ordenes nunca?
-Sí, claro. Pero…
-¿Es que querías masturbarte viendo como los demás follan como siempre haces, pervertido?
         La joven se rió porque le pareció graciosa la acusación.
-Los putos esos tienen que estar por la zona, sé que tienen el refugio por aquí –dijo la voz de un hombre en tono amenazador.
-Malditos hijos de puta… -exclamó Corsario visiblemente alterado.
         Se escuchó un disparo.
-¿Quién coño ha disparado? –preguntó Corsario por la radio.
-He sido yo –respondió automáticamente Menta.
-¿Qué coño piensas que haces? –volvió a preguntar.
-Voy a llevármelos de la zona y no me vengas con tus comentarios de así no se hacen las cosas.
-Por aquí, lo he visto… -advirtió uno de los llamados invasores.
         Se reunieron, subieron en un HAMMER y le persiguieron.

Cuando reapareció Menta fue un alivio para todos, aunque tenía sangre en la cabeza.
Heidi no se fiaba de la seguridad y de los invasores.
-¿De que hablas? –preguntó Menta.
-No se cansarán hasta que nos atrapen.
-Tendremos que hacer horas extras en los turnos de vigías.
-Pero estamos agotados –dijo Doc.
-Debemos barajar la posibilidad de mudarnos a otra zona.
Todos temían no salir de la zona cero y las hordas de zombis les atacasen sin descanso. Nada más lejos de lo que temía Corsario, pero lo peor de todo era que tenían poca munición.
-Ahora me encargaré yo de la vigilancia, descansen y cúrenle la herida de la cabeza.
         Entre ellos siguieron comentando que tenían muchas ganas de cambiar de refugio, Doc pensaba que los zombis habían acabado con la mayoría de los supervivientes, pero para Heidi no era el fin del mundo, que quedaban ellos con vida.
-¿Y los militares? –preguntó la joven.
-Los militares nos abandonaron como perros y se fueron, solo piensan en su propia supervivencia –respondió Josué.
         La infección por el virus no sabían donde justo se había originado, ni las noticias, ni el gobierno informaron de las primeras cepas.
-Todo surgió a raíz de una serie de noticias que comenzaron a emitir en las cadenas de televisión, Radio Televisión Española no informaba al respecto, pero las televisiones privadas sí, canibalismo, rabia, locura, el diablo y la ira de Dios… Hasta los infectados atacaron las iglesias.
-Yo tuve que matar a mi propia madre para que no mordiera a mi hermana, me escondí durante una semana, hasta que encontré a Corsario, fue la situación más jodida que he vivido. Sobretodo no te digo lo duro que fue encontrar armas para defendernos.
         Como en todas las culturas las mujeres son las que obedecen y Laura como prostituta ejercía su trabajo y no rechistaba. Fue unos meses antes de esa locura cuando Leila tuvo su primera vez. Fueron tantas las ganas de hacerlo con Luján que pensó que se le saldría el corazón por la boca.
-Los militares hacían llamadas prometiendo protección y un lugar seguro. Todas las emisiones por radio dejaron de emitirse de un día para otro. Se dice que ellos están protegidos en un barco que se encuentra anclado cerca de la costa, pero nunca los hemos visto –dijo Doc.´
         A Leila la mandaron a llevarle la cena a Corsario a la azotea, donde estaba en su tiempo de guardia, donde estaba sentado con prismáticos vigilando los alrededores del edificio. Heidi que estaba visiblemente enamorada de él, se encontraba a su lado.
         La vieron llegar y se apartaron como si estuvieran apunto de hacer algo malo. Cuando se acercó, dirigió la mirada a Corsario diciéndole que Menta le había pedido que le llevara la cena. Heidi la miró con odio en la mirada y se marchó escaleras abajo. Cuando la joven fue a irse, él la detuvo pidiéndole pasar un rato a solas.
El olor a podrido era bastante fuerte. Él le explicó la peste que expulsaban los contenedores de la basura era asqueroso. Pero para ella resultaba un hedor tan penetrante y asfixiante como el de un cadáver en descomposición. Leila apenas había podido imaginarse estar tanto tiempo frente a esos olores tan insoportables.  
         Cuando se sentó junto a él, le vio comer biscocho, sardinas enlatadas y al final fumarse un cigarro de la caja de tabaco que encontraron en la blusa de un cadáver.
-¿Y como estás?
-Bien, bien…
-¿Duermes bien?
-Sí… ¿Por qué lo preguntas?
-No es nada bueno dormir sola hasta que te acostumbras a los sonidos de los infectados.
-No me importa dormir sola –respondió Leila-, no me dan miedo los sonidos.
-Ok, me parece bien…

La joven iba aprendiendo y Heidi la envidiaba, encarándose con Corsario cada vez que la protegía, apretaba el machete fuertemente entre sus dedos, respiraba hondo y apartaba la mirada.
         Durante la mañana caminaron bastantes kilómetros saqueando tiendas en busca de restos de comidas enlatadas que quedaban. En uno de los tramos la joven conoció mejor a Corsario, el líder al que todos respetaban por haber sido militar y quien empezaba a demostrar especial cariño por ella.
         Él había armado al grupo y le preguntó que como había sido su historia.
-¿La mía?
         No quiso responder. Dijo algo como que su historia no era nada del otro mundo, ex militar, peón de obra y alguien que no quiere morir en mano de los zombis.

Pronto se vieron rodeados por zombis de pieles pútridas oscuras, otros que se lanzaban desde lo alto de los edificios y otros tantos que intentaban romper a manotazos los escaparates de las tiendas para salir al exterior.
-¡Avancen deprisa! -exclamó Corsario.
         Avanzaron rápidamente entre órdenes, se enfrentaron a algunos infectados que se interponían en la calle.
Menta que se había levantado temprano descargó el cargador de la pistola contra algunos zombis. La moral del grupo seguía desmoralizada por las circunstancias. Las pilas de la linterna de Doc se habían gastado y no había podido conseguir más. Disparó a la cabeza de un par de infectadas. Distraído con evitar que se acercasen a rango. No se percató de que estaban aproximándose peligrosamente a la espalda de Laura que pronto cayó presa de manos y bocas que comenzaron a devorarla lentamente. Sus labios emitían gritos delirantes; no había vuelta atrás para ella.
         Laura aferró fuertemente entre sus frágiles manos un palo que encontró tirado en el suelo y comenzó a apalear a los infectados tan fuerte como pudo. Era muy tarde para salvarla, Menta detuvo a Heidi. La pobre… las palabras no le salían para llamar a gritos a su amiga, la única que la entendía y con la que podía hablar sin miedos. Escucharon un disparo que acertó en la cabeza de la mujer, Corsario la había matado antes de que se convirtiera en una de esas cosas y aumentara su agonía.
         La joven aprendió que había que matar a los que habían sido mordidos de ipso facto, sí lo hacías no se convertían en zombis.
Cuando habían avanzado como un kilómetro la joven cogió el machete que le había dado Corsario y le pegó a un infectado con la rabia contenida que llevaba dentro, el cuerpo le temblaba y prosiguió cortándole hasta que la detuvo. Entonces miró alrededor viendo todos los infectados a los que habían matado y se dio cuenta de que aunque no quisiera tendría que aprender a pelear para sobrevivir a ese Apocalipsis.
Después Josué dijo algo como que ya encontrarían a otra puta, más guapa, al mirar a la joven integrada en el grupo Corsario le agarró del cuello casi apunto de asfixiarlo.
Escucharon el ruido de un motor deteniendo la ira de Corsario apunto de acabar con la vida del pervertido: era Braulio que había conseguido poner en marcha una camioneta.
Durante el trayecto Corsario dijo que cada vez eran menos, más de los que hubiera imaginado, pero no podían ponerse mejor las cosas, palabras que desmoralizó un poco más al resto.
Los soldados habían transmitido, un día antes, su posición en la ciudad en busca de supervivientes. Pero no podrían haber terminado la expedición debido a las hordas se zombis; ahora solo debían llegar al refugio.
Habían atravesado unos escasos dos metros, y cada vez se veían más rodeados. Pronto dejaron del ver la dirección en que se encontraba Braulio, solo escuchaban gritos y un mordisco arrancó un cacho de carne del hombro de Corsario.

Menta sabía, por amarga experiencia, que ya eran dos los caídos en el grupo. Heidi en un ataque de furia desmesurada arremetió contra los infectados que devoraban a su gran amor y también fue absorbida por la marea de cadáveres. Era el momento de mayor angustia. Por consiguiente, quedaban cuatro en el grupo, la soledad era algo que a todos les aterraba. Nada quedaba… en cuanto lograron llegar al coche, Braulio arrancó en quinta marcha.
         Sin hacer responsables a nadie del grupo decidieron poner rumbo al refugio, dormir, comer y asearse para quitarse los restos de sangre. Solo pensaban en el hecho de sobrevivir un día más.

El peor presagio se confirmaba cuando Braulio aparcó en medio de la carretera y salió del coche para vomitar. Menta le siguió porque iba de copiloto:
-¿Cómo te encuentras?
-¡Tú que crees, joder! -gritó-, ¡Quedamos cuatro, joder!

Leila miró entristecida, no le había nacido la necesidad de llorar. Aun permanecía en un shock irracional...
-No te preocupes, todo saldrá bien... -le dijo Doc de manera reconfortante.
-Laura, Corsario, Heidi... -clamó Braulio-, ¡Están muertos, joder! ¡No pudimos hacer nada!
-¿Entonces para qué coño nos preocupamos? -la frustración, el miedo y la auto-compasión no era algo que les ayudara demasiado-. ¿Crees que podemos prever los ataques de los muertos? ¿Acaso yo estaba a favor de venir a ésta zona de Las Palmas? ¿Sigues pensando que Corsario era tan responsable al enviarnos a todos a ésta misión suicida? -cogió a Braulio sacudiéndolo por el cuello de la camisa apunto de tirarlo al piso, Doc tuvo que salir del coche a toda prisa para que no terminasen peleando.
-¡A ver, suéltalo! -les gritó a los dos-. ¿Creéis que Corsario era tan estúpido de llevarnos hasta ahí para que todos muriéramos? ¡No, ninguno lo imaginaba! ¡Pasó porque tuvo que pasar y punto! ¡No es momento para discutir, coño!

Se subieron en el coche más calmados. Braulio apretó las manos en el volante con tanta fuerza que le sonaron los nudillos y seguidamente arrancó. Solo quedaban ellos cuatro, Doc y Menta convergían hacia lo sucedido, discutían, pensando en buscar un lugar donde poder guarecerse y descansar. Doc deslizó su mano izquierda hacia la fría mano de la joven asustada. Braulio suspiró y atropelló a un zombi que andaba por el medio de la carretera. La joven alargó la mano izquierda para acariciar el cuello de éste para darle ánimos. Desaceleró la velocidad, aunque fuera más deprisa no huirían de la infección.



By José Damián Suárez Martínez

Capítulo Tres - Los primeros minutos

Hacía una apacible noche, con un cielo estrellado y luna llena. No era más que las 3,34 de la madrugada hora Canaria.

Había despertado bruscamente en una nueva realidad... en la más completa oscuridad tratando en lo posible mantenerse de pie sobre sus doloridos pies descalzos, dejando atrás el Hospital Insular de Las Palmas de Gran Canaria y el ruido de los disparos.

La extraña calma, los automóviles abandonados por una ciudad a oscuras a su suerte, que se encontraban con las luces encendidas y ella cogió el teléfono móvil del interior de uno de ellos, intentó marcar el 1-1-2 (número de emergencia) pero no daba señal, se sintió desmoralizada. 
-No hay señal de telefonía móvil desde hace semanas.
-¿Y la televisión?
-¿No te has dado cuenta? Todo es un caos...
La ciudad estaba envuelta en un inquietante silencio, la estrellada noche... El olor a podrido y de repente, de la nada... Una docena de personas infectadas salieron detrás de ellos, algunos lentamente y otros corriendo como almas llevadas por el diablo. 
De pronto rompieron el silencio al abrir fuego. Solo pensó en huir de los infectados...

Cuatro muertos en el interior de otro coche, parecían un grupo de amigos... sus rostros eran de pánico, no habían sobrevivido al siniestro, un accidente mortal. Estaba muerta de miedo en medio de la oscuridad y de las balas. Se arrimó junto a un lado y pegó un respingo al observar a los infectados del interior de un cuatro por cuatro que intentaban atravesar los cristales con bastante fiereza, pero estaban atados con los cinturones de seguridad.


La joven se desmayó de la impresión, se desvaneció sobre el suelo de la entrada de una tienda con las rejas cerradas que pudo abrir y volver a cerrar para esconderse, completamente sola. 
Al escuchar que los disparos habían terminado permaneció sentada, esperando a que alguien viniera a ayudarla. Sus flashes habían sido negros e inusuales, salvo las imágenes que le venían por momento a la mente: aquellos sentimientos de nostalgia y felicidad.

Se miró las plantas de los pies. Observó las heridas provocadas por los cristales que pisó en el quirófano, no eran tan profundos, le quedaba restos de sangre coagulada entre los dedos de sus pies desnudos.
Se incorporó, resbaló y cayó de bruces al suelo sobre un charco de sangre reseca. Fue incapaz de mantenerse en pie, resbalaba. Se puso a gatear para alejarse de aquel montículo de cadáveres descuartizados y con expresiones de pánicos. Solamente quería salir de aquella tienda abandonada. 
Al atravesar la reja unos zapatos de montañeros. Trató de alejarse.
-Nos volvemos a encontrar -dijo Menta mal herido.
-No entiendo nada... -susurró ella-. Tengo miedo...
-¿Que edad tienes?
-Dieciseis años... -respondió ella.
-Y yo veintitrés -sonrió.
Era de estatura regular, nariz ancha, de piel morenita, ojos negros grandes, pelo castaño oscuro y hoyos de viruela.

El grupo la metió en el interior de un furgón negro. Los cinco ocupantes no hablaron de nada relacionado con el ataque del hospital. Pero no se veía desmoralizado al grupo, a través de la radio escuchaban transmisiones clandestinas de supervivientes y otras del ejército que hablaban por códigos. La joven experimentó una especie de alivio al sentirse acompañada por todos ellos armados. Entre ellos se dirigían pocas miradas de victoria.
-¿Crees que vendran a buscarnos? -preguntó ella.
-Si no tendremos que ir al refugio nosotros solos ¿no crees?
-¿Crees que esto se acabará algún día?
-No lo sé...
-Me llamo Leila.
-Pues no lo sé, Leila. Pero la vida sigue adelante -le repuso-. Me llaman Menta, porque siempre ando fumando tabaco de menta y comiendo chicles de menta.
Pasó un rato, antes de que decidieran salir de la tienda, Corsario les avisó desde la otra punta de la calle que avanzaran sin hacer demasiado ruido.La joven tuvo que contener un grito al ver a un par de infectados deborando a uno de los hombres del grupo.
-¡Continua, no te pares ahora! -susurró Menta.
Todas las atenciones estaban puestas en la chica, a la que estaba siendo considerada una superviviente con suerte. Cinco o seis kilómetros avanzaron a pie hasta llegar al edificio al que llamaban el refugio. Hablaron sobre la infección, el famoso virus y el infierno que estaban viviendo para conseguir alimentos y medicamentos.

El edificio estaba a oscuras. En la entrada, una montaña de mesas de colegio, muebles y neveras obstaculizaban el acceso al primer piso y tuvieron que trepar para llegar hasta el pasillo que conducía a las escaleras principales. Las subieron peldaño a peldaño sin soltar las armas cerrando rejas al terminar dos tramos de escaleras, parecía algo rutinario. El refugio se situaba en un quinto piso, una vivienda familiar decorada con todo tipo de lujos e iluminada con velas y se escuchaban ruidos de uno de los dormitorios.

Sobre la cama una mujer rubia de cuerpo más bien lleno de curvas y dos hombres con ella, a medida que pasaban saludaban sin importarles que les miraran en pleno acto sexual: continuaron con sus movimientos y sinuosos jadeos.
-Por lo menos esa puta nos da alegrías -sonrió Menta.
Corsario cogió una bolsa de fruta de encima de la encimera y se la entregó a la joven:
-Toma, para sobrevivir hay que alimentarse.
-No tengo hambre -dijo ella en un hilo de voz.
-Eso es porque seguramente te tendrían con suero -explicó-, ¿no es así?
-Sí.
-¿Te lo quitaste tu sola? -le preguntó Menta.
-Sí...
-¿Lo veis? -inquirió Corsario-, os dije que es una superviviente.
Braulio se desvistió y se quitó las botas militares, la joven miró hacia otro lado por respeto a la intimidad.
Mientras tanto Corsario la miró y le pidió que le desatara los cordones de las botas, ella obedeció sin rechistar. No podía negarse, la habían rescatado y dado de comer aunque no tuviera apetito.

Se escucharon gritos y gemidos de placer, luego el silencio regresó a la vivienda, y luego se turnaron para entrar en la ducha  y subieron a la azotea.

Se asomaron para ver el panorama, la joven quedó sorprendida al ver el caos de la ciudad y luego Corsario la rodeó los hombros con su brazo. Su pulso se aceleró extremadamente deprisa y sintió su dureza de sus brazos de hombre, su olor a hombre sudado.
-Observa más allá -señaló a mitad de la carretera principal de Rafael Cabrera-, esos hijos de puta son los infectados.
-Zombis, mejor dicho -rectificó Menta.
-Esos hijos de puta son los portadores del virus, un rasguño, una mordida o herida provocada por ellos es mortal -le explicó-. No seas boba, si tienes la opción de huir sin enfrentarte a ellos, corre y no mires atrás.

 



By José Damián Suárez Martínez.